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5 jun 2014

1984 y Rebelión en la granja, mundos distópicos de George Orwell que no lo son tanto (páginas imperdibles)

[Críticas positivas de libros sin spoilers, por si los quieres leer]
La integridad, ser uno mismo, con todas tus partes, con tu luz y tu oscuridad, es algo imposible en los mayores mundos distópicos que se han creado a lo largo de la historia de la literatura. También, por supuesto, en los de Orwell.
La sociedad de 1984 es una distopía (lo contrario, como se puede ver, a una utopía). Las distopías suelen girar entorno a sociedades futuras en las que algo ha fallado tanto que se convierten en lugares oscuros y monstruosos, pero no a la manera de las películas de terror a las que estamos acostumbrados. Se vuelven oscuros por la represión, el normativismo, las reglas inquebrantables, las inexistentes diferencias entre los humanos (en el sentido de distintos pensamientos, de que alguien superior intenta convertirlos en un rebaño, pues suelen ser mundos en los que las clases están aún más marcadas que de costumbre, acercándose, por ejemplo, a las castas de la India).
Esta historia se sitúa en un futuro Londres, lugar donde el Hermano Mayor vela por ti (sabiéndolo todo, vigilándote), donde «La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza». Un verdadero futuro de ciencia-ficción (y no de fantasía, por lo que la réplica futura no se excluye). Un lugar donde no estás seguro ni en tu cabeza, donde las telepantallas, la Policía del Pensamiento, tus vecinos, tus amigos, tus hijos, tu pareja, cualquiera puede denunciarte para que acabes donde «no hay oscuridad».
Las traiciones al gobierno suelen ser por realizar un «crimental», un «crimen mental» en nueva lengua (una inventada para manipular al pueblo, para acortar lo mucho que una lengua natural puede ayudar al pensamiento y a la creación de nuevas ideas. Ciertamente se acerca en alguna manera a los eufemismos periodísticos y políticos del tipo «daños colaterales» cuando la realidad es «víctimas inocentes»). Te conviertes en un auténtico criminal por pensar en contra del Partido (un partido único, omnisciente e inmortal cual dios) y lo diferente, como siempre, se convierte en lo abominable, en lo malvado. Lo rebelde, como siempre, es peligroso y debe ser castigado. Las ideas, cortadas de raíz. Los opositores, asesinados.
Para esta persecución existe la Policía del Pensamiento y la tortura psicológica a la que cualquier individuo del Partido está sometido. El amor, como ha pasado en la historia a lo largo de los siglos, se puede convertir en odio, el odio hace avanzar a la nación, el odio hacia el enemigo y hacia los diferentes (entre los que se encuentran los que ven la realidad de lo que ocurre, los disidentes, los opositores, los homosexuales, los individualistas, los imaginativos). De ahí que existan los Dos Minutos de Odio con su consecuente Semana del Odio.
Dejar a un personaje en este semejante caos parece una crueldad, pero ahí tenemos a nuestro Winston Smith intentando sortear una muerte que siente cercana constantemente. Un personaje que puede parecer mediocre de un rápido vistazo, sobre todo por su aspecto físico, pero que tiene una capacidad lógica y unas ideas que son exactamente las que ponen en «peligro» al Partido: Dos más dos son siempre cuatro. El pasado, haga lo que haga el Hermano Mayor, aunque cambie los datos, fue como fue, no como pone en las noticias manipuladas. Pensar por uno mismo está bien. La esperanza está en las clases bajas, los «proles», que deben rebelarse. Un mundo justo es posible, aunque pasen miles de años.
La atmósfera del libro es completamente abrumadora. Es el futuro que temes que llegue. Es lo que nunca debería ser. Donde todos son acusados de algún delito, donde el Ministerio de Amor se encarga de las torturas, donde los libros no los escriben los humanos y los diarios están prohibidos, donde la objetividad no existe (y dos más dos son cinco si un miembro del Partido así lo dice, y siempre fue así, y siempre será así).
El mundo de 1984 es una advertencia a las futuras generaciones, una novela que no se puede tomar a la ligera. Ciertos dogmatismos de hoy en día, muchos que se inclinan a tachar el sexo como una perversión, siguen la estela del Partido. Los límites de la libertad de opinión, que se desdibujan a favor del gobierno en países totalitarios, recuerdan a la Policía del Pensamiento. Las formas de manipulación de hoy en día se acercan a la manera de manipular el pasado y las noticias, incluso las opiniones, que se lleva a cabo en esta novela.
Para completar la visión de un mundo totalitario, absurdo, cruel y despótico, Orwell nos tiene preparado otro regalo, Rebelión en la granja, un libro mucho más ligero de digerir, menos oscuro, más simple, pero con las claves perfectas para llegar a un estado totalitario de cualquier índole. Aunque en la época se tildó a George Orwell de ser un simple anticomunista, en contra de los rusos, de Stanlin, quien lea sus libros acabará descubriendo que da igual qué ideales o qué color utilicen los totalitarismos: al final se resume en que son extremistas.
Esta obra es una sátira política, una manera de degenerar, claramente, a los militantes comunistas a favor de la dictadura. Se basa en las luchas Stalin-Trotski, en el totalitarismo de Hitler (no comunista, pero sí nacionalsocialista). 
Lo importante en este caso no es diferenciar colores, sino conocer el proceso. Rebelión en la granja es casi un manual de cómo identificar cuándo un discurso, una revolución, una situación comienza a tender hacia lo que estaban persiguiendo al principio, cuándo comienza a ser una búsqueda de poder de la clase superior que olvida para qué se hizo la revolución.
Cuando cayó en mis manos, la idea de que los personajes fueran animales de una granja que se rebelan no me parecía muy divertida ni entretenida, pues el lector se acostumbra a personajes humanos o al menos muy antropomórficos (vampiros, hombres lobo, sirenas, centauros). Pero esos animales, al fin y al cabo, sirven para ridiculizar a algunos tipos de humanos, para acusar a otros, para señalar a los que ven la realidad y no se atreven a hacer nada para cambiarla o simplemente esperan a que mejore algo.
Si 1984 es una llamada de atención sobre lo que la sociedad puede llegar a ser, Rebelión en la granja te muestra los pasos a seguir para que una sociedad parecida pueda ser. La idea de que las bases ideológicas se cambian continuamente, como se cambiaba el pasado en 1984, vuelve a aparecer. Es una señal de que olvidar el pasado nos lleva a cometer los mismos errores en el futuro, de que no saber cómo se ha llegado a una situación, o por qué, te deja a la merced de los manipuladores.
En el caso de la rebelión, son los cerdos los que toman el mando. No deja de estar todo lleno de un simbolismo abrumador, porque te da la impresión de que cada paso que dan los animales los va a abocar al fanatismo, al extremo, al fracaso, hasta que vuelvan a estar en una situación igual o peor que la inicial.
Si no sabes muy bien cómo identificar un totalitarismo, lee los dos libros. Si quieres informarte, lee los dos libros. Si eres una persona sensible… solamente lee el segundo, por tu propio bien. Por algo en una de mis preguntas random varias personas eligieron 1984 como el mundo en el que NO vivir jamás. Ahora, claramente, les doy la razón.
Dándole la vuelta a una frase importante de esta novela, para desearte suerte, «te veré donde no hay siempre luz». Y, por tu bien, sigue pensando por ti mismo. La verdad sigue ahí fuera. Rasca las impurezas de las mentiras para que reluzca más fuerte que nunca. 

PD. Gracias a las personas que respondieron con 1984 a la Pregunta Random del Mes y a los amigos que me siguen regalando libros (como Rebelión en la granja ) aunque casi no tenga dónde meterlos.

14 ene 2014

La ladrona de libros te está esperando…y la muerte quiere narrarte su historia (páginas imperdibles)

Aprovecho ahora para recomendaros el libro en el que se basa la película recién estrenada de La ladrona de libros. Si tienes curiosidad, sigue leyendo, que no hago ningún spoiler, al menos no te destaparé el final, ni las sorpresas. Si eres más de imágenes y quieres ir a ver la película, adelante, está bastante bien conseguida. Y ten en cuenta que esto no es una crítica profesional. Es un elogio singular.
Estaba en una librería cuando La ladrona de libros me miró. Me llamó la atención. La cubierta me sonrió. Su tacto fue fino, sus enigmáticas palabras atrapaban la curiosidad. El título me cautivó del todo, pues aquello ya me sonaba de algo. Viejas historias familiares de una amiga de un primo del abuelo de no sé quién que trabajaba en una biblioteca y sacaba a escondidas los libros para leerlos luego a la luz de una vela. Los ladrones de libros son más interesantes que los demás. Roban palabras, sabiduría y sentimientos. Roban humanidad. Y el libro me parecía susurrar: «Soy una buena inversión, cien veces me abrirás acariciando mis páginas, cien veces volverás a sentir lo que los personajes sienten, cien veces volverás a descubrir a esta ladrona una vez más».
Como nuestra querida ladrona, Liesel Meminger, vive en la Alemania nazi, algunos libros se los arrebatará al fuego. No me digas que con este dato no te cae ya bien. Robar libros al fuego es salvar al mundo, quemarlos es en sí mismo una maldad. Es quemar los sueños de aquellos incautos que creyeron que a las palabras escritas no se las lleva el viento.
Cuando recomiendo el libro y me preguntan que si va de nazis, no sé si responder si sí o no. Digamos que es el telón de fondo. En realidad, lo importante es la ladrona, su aprendizaje, sus amigos, su crecimiento como persona, el sufrimiento, la alegría, las tardes en las que roba frutas, los días en los que escucha el acordeón. Los nazis son los causantes de las penurias, pero la belleza del libro no reside ahí. No es un libro prototípico de nazis. Es un relato que va mucho más allá.
Si me preguntas por qué, bueno, por empezar la narradora es la misma Muerte. Y te aseguro que nunca has visto a la Muerte así, como un ente que quiere ser amable, que recoge almas con delicadeza, que aspira aromas y guarda colores, que considera que cada vez que un humano muere se produce un ocaso en el mundo. De repente, las muertes se vuelven trágicas y poéticas, se vuelven literarias, te puedes echar a llorar y te pueden conmover el corazón, aunque sea la propia Muerte quien las arrebate.
Al parecer, la Muerte sabe narrar magistralmente las vidas de las personas. Va dejando migas de pan de lo que ocurrirá más adelante, migas que te dan hambre en vez de destriparte el final. Lo llena todo de metáforas nuevas y relucientes, conmovedoras, de una capacidad increíble para humanizar personajes dando unos pocos detalles de ellos, para atraparte y conseguir que Liesel parezca una vieja conocida.
Con la pequeña Liesel podrás aprender palabras sueltas en alemán, tal vez los insultos prototípicos que Rosa Hubermann, los tabúes que los nazis intentaban ocultar. Tal vez podrás aprender a ligar cigarrillos con Hans Hubermann, a no perder la esperanza con Max, a seguir a los ídolos que quieras (diga lo que diga el gobierno alemán) como hace Rudy.
Tal vez serás capaz de comprender la vida de otra manera. De aprender a luchar con palabras. Tal vez puedas ver que ellas son capaces de hacer que los cautivos, los marginados, los escondidos, los débiles, los asustados, todos puedan sobrevivir un día más, aunque sea en una fría oscuridad. Porque dentro de la historia de la ladrona hay otras historias que se entremezclan, anécdotas y relatos escritos prohibidos, buscados, escondidos, censurados.

No sé qué más decirte. Que lo tienes que leer despacio. Que lo tienes que saborear. Yo lo leí en noches consecutivas, a la luz de una lámpara, tirada sobre mi cama, mientras la oscuridad me recordaba al sótano en el que la ladrona de libros te está esperando para enseñarte a soñar…